Sin Mi Tía
Es posible que alguno de ustedes haya tenido una pérdida importante recientemente. Yo también: mi querida tía murió las pasadas Navidades, ya cansada de vivir, supongo.
Fue una persona de referencia en mi familia para mí. Ella era mi sustento en momentos delicados, y mi apoyo en los buenos. Recuerdo esos tés en su casa, con las luces bajas, donde yo le confesaba mis inquietudes, mis logros, y claro, también mis fracasos. Para todo ello, ella siempre tuvo palabras amables. Era mi tía y mi salvadora.
Esta historia narra los últimos meses de vida de mi tía y nuestra despedida, lo ilógico - o quizás no tanto - de su última enfermedad, y las múltiples veces que tendré que despedirme de ella, porque no me acostumbro a que no esté. La pregunta que me hago ahora es qué voy a hacer en su ausencia, aunque la respuesta está clara: nada especial, más que vivir así, sin ella.
Mi tía fue la persona de mi familia que más rompió con su época y con las circunstancias en las que vivía. Nació en una familia pobre de la ciudad de Barcelona, tan pobre como las palomas que comían y que criaban en el balcón de casa. Fue hermana mayor de dos, e hija de una de las mujeres más sabias y bondadosas que ha existido: mi querida yaya. Cuenta otra historia que mi yaya vivió 103 años entre otras infinitas cosas, como las que vive la gente que supera una guerra civil, pobreza y maltratos. Pero esa es otra historia.
La tieta se encargó en estas circunstancias de trabajar y decidir ser una mujer soltera, independiente, que salía a bailar y a conocer gente en la época que las mujeres prácticamente solo lo hacían con sus parejas, y en una España en la que todavía estaba asentada la dictadura. Fue una mujer progresista, de mirada abierta, y que tras sus primeros 40 años de vida, decidió estudiar psicología en la Universidad, convirtiéndose en una de las primeras profesionales sanitarias de esta especialidad que trabajaban en España, en un país que se transformaba rápido y en el que todo estaba por hacer, allá por los años 70.
Recelosa de sus relaciones personales, tanto amantes como amistades, era una mujer de cultura. Fue ella la que contribuyó en mayor medida a desarrollar mis aptitudes creativas. Cuando era pequeño, nos llevaba a mí y a mi primo al teatro, a comer a sitios novedosos que abrían en la Barcelona de los 80, a ver mis primeras exposiciones de pintura y, sobre todo, fue ella la que me enseñó a amar y a valorar todo esto. Yo tendría como unos 12 años cuando, por primera vez, vi una exposición con cuadros de Vasili Kandinski y Piet Mondrian. Desde entonces, el primero me ha seguido, o más bien yo le he seguido el resto de mi vida, como un amor derivado del que tenía por ella.
Recuerdo cómo tantas veces me había regalado libros y material de dibujo y pintura. Y cómo yo flipaba en su casa con la multitud de estanterías que tenía llenas de libros, y con el diván con la silla delante donde llevaba a cabo sus terapias privadas de psicoanálisis. En una de las ocasiones que la fui a ver me recomendó que me psicoanalizara, incluso. Lo tomé como uno de esos consejos que no llevan a nada, porque ¿cuántas horas he invertido en mi vida en la psicoterapia?, ¿y cuántas de ellas han surgido un efecto más allá del mero acompañamiento? Eso tan solo mi psique lo sabe.
Pero vivo aún conectado a ella. Y lo hago también, en parte, por lo rocambolesco de sus últimos meses de vida. Allá por el mes de marzo, en plena primavera floreciente, también floreció en su cerebro un brote psicótico, una descompensación de sus neurotransmisores, un querer salir de su cerebro tantas cosas que había vivido. O quizá, su cuerpo fue un contenedor que se había quedado demasiado pequeño para el tamaño y alcance del alma que contenía.
Un ejemplo de esto fue su colaboración en la reconstrucción de los cines Texas, una vieja sala de cine y teatro del barrio de Gràcia, que había quedado obsoleta. Mi tía colaboró económicamente - junto con otras personas - para su reconstrucción. Fue bonito que en vida suya la sala volvió funcionar, y vio su pequeño proyecto de filantropía completo. Ella era una gran amante de Barcelona, de sus salas de teatro, de sus ateneos culturales y de sus gentes.
Pero cuantas cosas más debían haber sucedido… porque era una mujer reservada en muchos aspectos. Me contó en una de nuestras comidas en la Paradeta de la calle Torrent de l’Olla su amor por su amante serbio — del cual desconozco su nombre –, del que conservaría recuerdos y una fotografía suya que la acompañó hasta sus últimos días. Y tantas cosas más, tieta, ¿verdad?
Su enfermedad se acompañaba de otras, como un tumor de estroma gastrointestinal con el que convivió estoicamente 20 años. Porque si alguna filosofía puede resumir a mi amada tía en una palabra es estoicismo. O quizá epicureísmo, o romanticismo, o… que sé yo. Solo sé que la quería. Nadie, ni ningún especialista, supo si había conexión de este cáncer con la parte mental. Quién sabe, quizá es solo eso que apuntaba más arriba: que el contenedor se hace viejo. Para ti y para todos, tieta. Quizá es solamente ley de vida.
Pero ella se fue de ella y de todos nosotros. Y ha dejado un vacío que nunca se llenará, porque no habrá nadie más como ella, ninguna otra tía que ocupe su lugar, ni ninguna persona que haga lo que ella hacía, solo el vacío y, en el transcurso de las pocas semanas desde que murió, el recuerdo.
Te echo de menos tieta, todos los que nos hemos quedado te echamos de menos. Y te querremos siempre.