Una pequeña historia familiar
- ¿Qué hace un redactor médico? - me preguntó mi tía, que sólo le faltaba oír eso.
- Pues mira, escribimos para salud - le dije, en 3 palabras.
- ¿Como que escribís para salud? ¿Eres periodista ahora?
- Bueno, no exactamente, pero algo parecido... hago proyectos para comunicar ciencia a distintos tipos de público, tanto general como especialista.
- Siempre fuiste un chico inquieto...
- Tengo 44 años tía, no soy un niño.
- ¿Y te pagan por eso? - era su máxima inquietud.
- Bueno, en general sí... En esta vida sucede de todo - no quería inquietarla.
- ¿Te acuerdas de los niños? - le pregunté.
- ¿De cuáles?
- De mis hijos, tía.
- Ah sí, claro.
- El mayor quiere hacer biología.
Sonríe, me mira, y dice: ¿qué era a lo que te dedicabas ahora? ¿Eres periodista, no?
- No, tía. Redactor médico.
- Ya, claro. ¿Y cómo te van los estudios?, ¿sacas buenas notas?
- Sí tía, soy el primero de mi clase. No te preocupes, voy a ser el mejor en lo que hago.
- ¿Y qué haces, exactamente?
- Te lo cuento otro día, ¿vale?
Me levanto de la silla, la beso en la mejilla, y le digo adiós. Se queda estirada en su cama, y llega la auxiliar.
Toma su medicación religiosamente y queda sumida en un sueño profundo y reparador.
A la mañana siguiente, me llama la auxiliar por teléfono.
- Buenas tardes, su tía quiere hablar con usted...
Me la pasa.
- ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
- Olvidé decirte que te quiero.
- Y yo a tí, guapa.
Cuelgo, y se me cae una lágrima. Mi hijo pequeño tira de mi camisa. - Papa, se han terminado los cereales.
Le miro, y con una sensación agridulce, le abrazo y le digo: - vamos a pasar el resto de nuestra vida como si no existiera mañana. ¿Qué te parece?
- Vale, pero ¿dónde hay más cereales?